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sábado, 25 de junio de 2011

Vallina. ( relato)

Estábamos en el jardín de las estatuas Paloma y yo. Paloma era dos o tres años más joven que yo, aunque yo, por las pintas, no tendría más de veinte.

Yo llevaba de la mano a Paloma y tiraba de ella. Claro, ella no se daba mucha cuenta de que yo la acababa de salvar de los hombres de las ventosas- aún llevaba una a la espalda- y que teníamos que salir de allí.

-Mira, Paloma- le dije- hay que salir de aquí.

-Pues corremos y nos vamos.

-Que te digo que no; si corremos todo el mundo se dará cuenta de que nos queremos ir; hay que ir hacia la salida pero como si estuviéramos dando un paseo, y no mirar a nadie a los ojos, porque nos los vamos a encontrar enseguidita y va a ser un lío.

-Y toda esta gente, ¿se quiere ir también?...

-Algunos sí, pero otros son espías de los hombres de las ventosas; así que tú, ponte a hablar del paisajito, o como si hubiéramos quedado con alguien, y no viniera.



Paloma me hizo caso, agarradita de mi mano y en un tono demasiado alto empezó a decir un montón de tonterías- a mi modo de ver- como que la hierba estaba realmente muy verdecita, que había que ver qué árboles tan grandes y tan gordos, y que era un pena no habernos encontrado con nuestros amigos, que se habrán perdido, ya verás, con lo grande que es esto.



Ay señor, yo tiraba de Paloma y veía que como siguiera hablando así de alto los de las ventosas iban a aparecer en un momento...



Las estatuas nos miraban, o a mí me lo parecía; pensé, es que detrás de cada una pueden estar ellos...

Ondulaba el sendero y se hacía intrincado; por aquí no era, pensé; este camino nos llevaría al bosque.



-A ver Paloma, ven por aquí, a la derecha...

No hemos visto a...

-Pues ahí le tienes...-dije con un suspiro de “ya lo estaba oliendo”.



El tipo de las Ventosas, como todos ellos era muy delgado, vestido de negro, y con una sonrisa siniestra que para qué os digo...

Agarró a Paloma y la quiso atraer a su espalda para pegarle la ventosa.

Le pegué un empujón, y la grité.



-¡Corre, Paloma!, hacia el camino de la cuesta, todo seguido...



Paloma echó a correr, mientras yo me desasía del espantajo.

Al final del camino la ví.

Se veía también una salida, o al menos luces, y se puso muy contenta...

-Ahora ya nos vamos...

Yo me callé.

Salimos fuera de los jardines.

Era un camino con acera a los dos lados, luces al final de él, y una especie de muro.

-Hay una parada de autobús.

-Sí, Paloma, pero ¿te has fijado?...no hay nadie esperando el autobús.



Era una trampa, claro, de los hombres de las ventosas. Yo sabía que no podíamos esperar ese autobús, porque nunca vendría, y que las luces eran las de entrada-por la otra parte- otra vez a los jardines.



Había además dos rocas, si te adentrabas un poco en el camino.

Pensé; con Paloma no iba a poder hacer lo que me proponía, pero sí si se lo explicaba y me hacía caso.

-Mira, Paloma, te tienes que quedar aquí, debajo de esa roca; no mirar a nadie, no responder a nadie que te pregunte, como si fueras sordita y mudita, y si ves a los espantajos echar a correr como si fueras Pedro Delgado en sus buenos tiempos de ciclista, pero...

-¿ Pero?...

-Tienes que correr como los cangrejos, o sea de espaldas a la carretera y siempre hacia abajo.

-Y ¿tú, dónde vas?...

-Yo tengo que encontrar la casa donde nos enciendan la luz verde para que estos espantajos se larguen de una vez...



Paloma abrió y cerró la boca como si oyera campanitas.



-¿La luz verde?...

-Ay, sí, Paloma, ya se que no te enteras, pero por dios y todos los santos, hazme caso.

-Lo que tú digas- y se fue a meter debajo de la roca.



Tiré por el camino, rodeando lo que sabía eran las casas trampa; todas encendidas las muy muy, pensé; pues no, que no me pilláis, capullos...



Descendiendo, hacia la izquierda, escuché como un tintineo...



Debe ser aquí...y ahora sí que corrí.



Era una casa grande, con un torreón que se caía de viejo y con una especie de buitre de hierro que fosforecía.

Sí, pensé mientras corría más, llegaba al portón, porque además ahora escuchaba a diez o doce hombres de las Ventosas por el camino, correr detrás de mí.



O sea que llegué más acelerada que una cantante de ópera en su debut.

Llamé a la aldaba, como si se hundiera el mundo.

Y abrió ella.

Ella era una mujer bajita, regordeta, vestida de rojo, y con un plumero en la mano.

-¿Qué quieres?...

-Que abras, que vienen, las ventosas, que tengo a Paloma escondida y que nos tienes que encender la luz verde...



Me atropellaba, claro, pero me entendió a la primera.

-Pasa...

Cerró y nos quedamos a oscuras.

Entonces vi al menos dieciséis pares de ojos fosforescentes que me miraban, y maullaban a la vez.

-¡Qué cantidad de gatos!...

-¿No te asustan?...

-Me encantan...

Dejaron de maullar.

Perdona, es la manera de saber si perteneces a las Ventosas, a ellos les asustan una barbaridad, es lo único que les hace irse.

-¿Cómo logras que maúllen a coro?...

-Hago como si les pisara la cola; doy una patadita en el suelo.

-¿ Como sí?...

-Eso luego te lo explico?...lo malo es que tengo la bombilla fundida y a ver cómo encendemos la luz verde...

Se alejó y regresó con una vela.

- Pues da la patadita...porque vienen al menos treinta...-le dije- asomándome por la especie de balconcito.

Me hizo caso, y mientras se alejaba otra vez, un maullido como un coro de náufragos a la vista de tierra se elevó en la noche.

Las ventosas retrocedieron prudentemente, mientras escuchaba a alguien correr por el camino.

-¡Es Paloma!...corre....

Ya lo creo, empujó a la de la luz verde, me empujó a mí, empujó a los gatos y se sentó de golpe sobre una silla medio rota, dándome de paso un pisotón más que regular.

Luego empezó a boquear y a querer explicarse.

-Cállate Paloma, luego nos lo cuentas, que esta mujer tiene que poner la luz verde y si no, veo maullando toda la noche a los gatos.

Tiritó un poco.

- ¿Le dan miedo?...

-Un poco, tiene pegada media ventosa todavía, de cuando salimos corriendo...

-Bueno- dijo desde una habitación que yo no veía- aquí hay una bombilla; en cuanto la encienda, se desvanecerá el jardín, el bosque y , por supuesto los hombres de las Ventosas, y estaremos en lo normal, una ciudad a pleno día, y una casa-la mía- normalita, con balcón a la calle.

La oímos enroscar la bombilla, y todo de pronto se iluminó de verde: inmediatamente pasó lo que dijo; estábamos en una especie de apartamento exterior, amueblado con mucho gusto, sin rastro de espantajos, sin gatos, de día, y Paloma en vez de ventosa tenía a sus pies los restos de una gamuza.

-Hay que tirarla-dijo Ella- y volvió sin la gamuza al momento.

Y en ese instante, yo ví las dos cosas:



Quiero decir, ví perfectamente el apartamento, a la mujer, sencilla, natural, sonriente, la luz de los ventanales, a Paloma sonriente....

Y el bosque, la noche, las ventosas esperando...



-Pero...

-Ya, tú sí lo ves, Alena, te pasa lo que a mí.

-Pero...

-Alena, esto es un sueño, yo y todo lo demás pertenecemos al mundo de los sueños, mi casa, las ventosas, el bosque, este apartamento, la luz del sol...sólo que nunca habías llegado a conocerme, siempre te quedabas en el jardín de las estatuas. Has tenido que ayudar a alguien-que tampoco existe, imagino que es una representación tuya, porque muchas veces quisiste que te ayudaran- para llegar aquí...ahora espero que puedas soñarme muchas veces, porque estaré esperándote; mis gatos y yo, para ayudarte en otras cosas...

¿Cómo te llamas?...

-Ponme nombre, lo sabes.

-¿Te llamas Vallina?...

-Tú lo has dicho.

-¿De dónde he sacado ese nombre?...

-Ah, eso, lo tendremos que ir averiguando cuando me vuelvas a soñar, pero ahora lo que tienes que hacer es despertarte...



Sí; me desperté esta mañana, y me quedé con ganas de narrar este sueño que he tenido; no sé si Vallina existe, pero seguro que la vuelvo a ver; a ella y sus gatos.



miércoles, 12 de enero de 2011

Vida Inteligente.

Formas...sólo parecen eso, formas oscuras. Volúmenes. Con peso y masa. Volúmenes que asesinan.
Sólo sabemos eso de Ellos.
Que nos están asesinando.
No tienen además ninguna regularidad; no asesinan de modo sistemático; salvo cuando destruyen sin saber bien porqué todo un pueblo.
Dependemos de Ellos, aunque no queremos pensarlo mucho. Muchas veces desaparecen. Entonces podemos dedicarnos a nuestras cosas, querernos en paz, ver el transcurso de la vida, laborar, ser útiles a nuestros conciudadanos, existir en libertad, o eso pensamos. La mayoría de nosotros no piensa en Ellos, salvo cuando sentimos su presencia, o cuando vamos a morir y soñamos que Ellos, nuestros Dioses, nos acogerán en su seno.
Los tememos y amamos a la vez.
Nosotros, el pueblo de las Hormigas; a ellos, los Humanos. Nuestros Dioses.

“Los expertos británicos en ciencias espaciales Martin Dominik y John Zarnecki se preguntan si podríamos siquiera concebir formas de vida mucho más avanzadas evolutivamente que la nuestra, lo mismo que una ameba no podría imaginar a un ser humano.” De la siguiente noticia en El País.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Consecuencias.

" Sucedió que era muy inteligente" ( J.A. Goytisolo: "Los Motivos auténticos del caso")
Ella escribió un poema sobre el desamor. La respondieron sesenta comentaristas, de los cuales dos dijeron que hacía frío en Haití, diez mandaron un beso muy fuerte, otros diez contaron que tenían dolor de muelas, catorce recordaron entre otras cosas que era el día de los Lagartos Libres, de los Aspersores Reunidos, que el contubernio de Munich había causado un gran bien a la democracia española, que habían encontrado muy guapo a Miguel Ríos en su concierto y que hoy jugaba Estudiantes de Avellaneda un partido de fútbol importantísimo, y otro envió la receta del pollo al chilindrón El resto se dividió entre los que la llamaban guapa, preciosa, encanto de los seres, bienhechora de la humanidad y siete anónimos; de esos, tres decían jajaja, y los otros cuatro decían que los contertulios eran unos malnacidos.
Ella, leyó todo a las dos de la mañana y después se suicidó.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La Otra Cara.

Dedicado a quienes solo escuchan a una de las partes.
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Cada vez que llego a casa me mira como si no me conociera, dijo. Y mire que es buena mujer, y yo la quiero, pero es como si de un tiempo a esta parte me hubiera casado con una extraña, no, antes no era así, ni mucho menos, yo me casé enamoradísimo de ella, y eso que ya desde el comienzo hubo jaleo en su casa, su madre, que en paz descanse, cuando me la presentó, dijo directamente que yo iba de chulo, que me creía alguien, alguien yo, y solo tenía la tierra de mis padres que no daban para más y unas viñas en el pueblo, que la hermana de ella pensaba que me hacían rico, pero solo daban disgustos, bueno, pero nos casamos. Ella siempre ha sido tan cariñosa conmigo, tan atenta, no, hizo el bachiller que la dejó su padre, y luego cuando se casó conmigo yo le dije, mira si quieres trabajar a mí me parece bien, pero no quiso, dijo que ella no era de “esas”, así dijo, que ella en casa estaba muy a gusto, y sí es verdad, pero mire, es que está a gusto en casa cuando no estoy yo, de unos años a esta parte, desde que yo tuve que vender las viñas y la cosa empezó a ir un poco peor, dice que me junto con mala gente, sí, es cierto que a veces he llegado borracho, el año pasado concretamente, sí, no, vamos sí, dos veces, la primera porque al llegar estaba su hermana, y al verme bebido lo primero que soltó fue “ ya está aquí este inútil, te dejo y que os vaya bien”, la dije a la hermana que se callara, y cuando se fue, ella me empezó a gritar y a decir que a su familia ni tocarla, al acercarme me tiró un pellizco y la di una torta, ya sé que estuvo fatal, si nada más dársela me puse a llorar como un crío, y la otra vez que la di fue porque estando en casa, le dije de ir a dar un paseo, y me miró así, como si mirara a un intruso y me dijo que pasear conmigo era ir dando eses, y yo estaba intentando no beber por entonces, y me cabreó, y la pegué un empujón, sí; pero no la he tocado nunca más salvo esta noche...si es que luego eso, lo de los hijos, la chica se fue porque se enamoró, y no nos habla porque ella, mi mujer, cuando se fue, la soltó que si se iba con un drogadicto aquí no volviera, que yo no se qué idea tiene ella de eso, porque el chico lo único que tiene es el pelo muy largo, digo yo que será su hermana la que le haya metido eso en la cabeza...no, el chico es un caradura, mire, lleva año y medio viviendo del cuento, ¡ qué va a tener beca ni gaitas!...vive con una belga, y la belga le está sacando los cuartos, que me enteré por amigos, y claro, a quien le pide dinero es a su madre, porque yo le escribí y no respondió, claro. Y lo de hoy...si es que no es porque venga su hermana, carajo, es que he llegado y según me ha visto ha soltado, ya está aquí el de las viñas...y al decirle yo que qué pasaba con las viñas, me ha dicho, qué bien que hizo tu padre en morirse para no aguantarte, y mire, a mi padre no me le tocan, la he gritado, me ha dado un empellón, ésta, o sea mi mujer, se ha metido por en medio, y se ha caído. Y cuando he ido a levantarla, la santa de su hermana les ha llamado a ustedes diciendo que la había pegado.
No, si yo claro que la quiero, pero, si es que ya ve, vengo a casa, está en otras cosas, le digo de salir y se encoge de hombros, la voy a hacer un arrumaco y me dice que ya no tenemos edad para eso, qué quiere, pues claro que me busco la vida, si es que parece que es lo que quiere, que me vaya, no sé...Que sí, que claro, pues mire, si tuviera que volver a hacerlo, me volvería a casar con ella, ya ve usted.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Un Mal Pronto.

Dedicado a todas las que los disculpan.
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Hay veces, ¿sabe?, dijo, que la tarde se me duerme encima de las manos y no me queda más remedio que acunarla, ya ve, como si yo tuviera que ocuparme de ella, como si eso fuera importante y no las cosas que me preocupan: los hijos, tengo un hijo en Burdeos, que está con una beca, o eso dice, ¿sabe?, y a veces me escribe para pedirme dinero, claro me lo pide a mí porque al padre no se atreve, bueno, es que mi marido es algo particular, no es que sea malo ¿sabe usted?, porque malo no es, solo me pega alguna vez, pero es que se altera un poco, cuando está con sus amigos, y bueno, pero luego enseguida me pide perdón, y verá, son treinta años con él, ¿entiende?...ya sé cómo es, si yo le quiero mucho...no, si me gustaría que no me pegara, pero al fin y al cabo ¿entiende?, es mi marido, y claro, no, yo estudios...bueno, sí, hice el bachiller, que entonces no se hacía, pero mi padre era muy liberal y me dejó, pero claro, luego enseguida vino Gonzalo, digo, mi marido, que era tan guapo, tan así, y con dinero, ¿entiende?, bueno, dinero dinero no, pero sí algunos posibles, y luego ya los hijos, y eso, y pues yo ya se cómo es, aunque mi hija no le habla, que se fue de casa con diecisiete años y vive arrejuntada con uno de pelo largo muy raro, que dice que es no se qué de gestión de comunicación o algo así, pero...no, no la vemos, a mi hijo sí, porque viene en navidad y me pide algo de dinero, a ver, el chico con una beca, para sus gastos pues no tiene...no, yo de mi marido, lo que me da mi marido que es el que trabaja, claro, sí, y en casa tan a gusto, sí, a veces eso, como hoy, me canso un poco, porque es un poco siempre igual, lo mismo, salvo si hay visita, aunque a él, a Gonzalo, no le gustan mucho, pero bueno, si vienen él se marcha con sus amigos y eso, sí; sí, a veces es cuando al volver me pega, pero vamos no siempre, otras solo grita un poco y si le hago algún mimo se le pasa, sí, si ya le digo que en el fondo es un buen hombre...no, lo de hoy ha sido un accidente, ya le digo, si he tenido yo la culpa por no avisarle de que iba a venir mi hermana, que estaba yo triste o así, y la llamé y le dije, pues es como, como si la tarde se me estuviera durmiendo, que no supe explicarla mejor, y claro, al volver, como es tan gruñón, ¿sabe?, pues eso, que se pusieron a discutir a gritos, y al meterme yo por medio pues se le fue la mano, nada más, él no quería hacerme daño, ¡no!, qué dice usted, denunciarlo yo, ni hablar, ¡ mi marido es muy bueno, es que hoy tuvo un mal pronto!...

domingo, 30 de mayo de 2010

Cierre


Aquí está. Se va a quitar la falda, las medias, la blusa, como si se quitara espuertas de maquillamentiras.
Le quedará luego un aroma de sudor y gritos, procedente del último velatorio de te quieros apolillados.
La boca sabe a vinagre de vetes que vomita a bocanadas, a bocajarros, a bocaheridas. Los labios, apelmazados con pasta de muertas peticiones, se le han roto, y de ellos resbala la vela lenta del no quiero.
Tiene las manos acorchadas de falsedades que guardó como excusas perfectas para airear justificaciones. Las tijeras, con que saja las pústulas, derraman purulencias infectas; huele a podrido.
La puerta está cerrada, para que no entre el sol.
Un exquisito cadáver ha destrozado la placidez de la mañana sin que se mueva una gota de aire de forma distinta.
Pudo haber sido tan bella...

miércoles, 17 de marzo de 2010

El Sueño

No le resultaba raro lo que le sucedía, porque le pasaba cada noche.

Se dormía y se ponía a soñar. Naturalmente el mismo sueño. Con las mismas personas y en el mismo lugar.

Sencillo y brevísimo. Llegaba a una casa que parecía abandonada y llamaba a la puerta. Le abrían. Entraba. Había cinco o seis habitaciones cerradas. Por los pasillos parecía circular gente a la que no conseguía ver.

Después entraba en un gran salón, en el que parecía haberse instaurado el abandono: telarañas, sillones cubiertos con sábanas blancas agujereadas, cornucopias semi caídas.

Entonces entraban dos personajes.

-Ya has regresado.-le decían con un gesto neutro-.
Él los miraba.
Y se despertaba.

Pero hoy en vez de despertarse ha respondido que sí.

lunes, 15 de marzo de 2010

Gastronomía Local.

-Los machos son más agresivos. Parece que lo notan, cuando les vas a cortar el pescuezo. Las hembras solo dan algún gritito, pero como los atontamos primero tampoco se enteran mucho.
-Lo mejor son las jaulas. Limpias, amplias, tienen comedero y bebedero. Y los cuencos esos de ahí para las necesidades.
-Hombre, lo difícil es ir mejorando, guardar la calidad y un precio ajustado. No es una producción excesiva. Además nos quitaron parte de la subvención; eso hace mucho. Lo que hacemos es importar algunas piezas jóvenes de otras provincias. Si cogen el punto luego las puedes destinar a consumo directo, o sea, de jovencitas, o engordarlas y mantenerlas unos meses hasta que sube la oferta.
-Pero oferta habrá menos, yo al menos tengo menos, sobre todo de machos.
-Es que son más difíciles de cazar Y luego depende de la temporada, en verano es más sencillo, pero la época de invierno se esconden y para sacarlos de las madrigueras y las cobizas es una expedición.
-Por eso te digo que casi mejor dedicarse a las hembras y a las camadas nuevas.
-La carne es mucho más tierna desde luego, por navidad se vende muy bien.
-¿Qué es lo que más vendéis vosotros?...
-Bueno, por piezas o lotes, a mercados, pero en los mercados lo más solicitado es la pierna de niño, el pecho de las mujeres, y espaldilla de los hombres; sin embargo cabeza y cuello se pide menos.

Meneó la cabeza contristado; con lo rico que estaba un cuello de varón bien adobado y en su jugo...
-Tengo que marcharme, desde que me cambiaron a estas pilas nuevas, me dura menos la recarga, y me canso más, chico. Hasta luego.
-Yo sigo con el generador; es latoso, pero me lo pongo de noche y me dura dos días ¿Te llevas algo?...
-Bueno, cárgame a cuenta dos niños y dos varoncitos, pero que no abulten, y dámelos ya troceados, que si no es un coñazo ponerme a partirlos; se pone todo hecho una lástima.
-Dicen que estos un día dominaban la Tierra...
-Leyendas...con lo estúpidos que son, es imposible; míralos, te acercas a ellos y empiezan a tiritar. Pero, en todo caso, si fuera verdad, lo mismo no supieron qué hacían cuando se creyeron los dueños de la tecnología.
-Resulta raro pensarlo... ¿te los imaginas civilizados?...
-¿A estos?- dijo cogiendo un niño por la cabeza y dándole un golpe en la nuca para atontarlo- pero ¿tú le has visto?; le he cogido por el cuello, le he atizado y se le salen todos los fluidos inmediatamente, estos han sido bestias desde que están en nuestro mundo.
-Puede ser...no se, a veces sueño que son ellos los que mandan, puede que de tanto tratarlos, igual me da miedo a veces, a veces te miran raro, como si supieran qué dices...
-Deberías cargarte más a menudo, eso que piensas es cansancio. La Tecnología siempre será más fuerte que una raza tan primitiva como ésta.


***
-Pero, ¿se puede saber qué haces, hijo?...
La miró.
-Nada, estaba escribiendo un cuento, pero no sé como acabarlo.
-Pues vente a cenar que hay chuletas de cordero...
-¿De cordero, ¿estás segura?...
-Anda, pues claro... ¿preferías cerdo?...
-No, no...Cosas mías...

Cerró el cuaderno y miró por la ventana...quién sabe...

viernes, 22 de enero de 2010

Una historia del jardín

En el tranquilo jardín donde no pasaba nunca nada, se iba muriendo sin un sobresalto el sapito que cada año venía a beber al estanque.
Pero nadie lo notó. Salvo el gorrión, que se acercó para consolarlo.
El sapito viejo le sonrió:
-No te preocupes, gorrión; nosotros no existimos- dijo mirando las ventanas del salón, donde jugaban los niños- no somos de su especie.


miércoles, 6 de enero de 2010

El Dragón y los Reyes Magos

Para llegar a la casa de los niños del mundo, los Reyes Magos tienen que cruzar el Bosque de Aland, donde vive el Dragón del Sueño Profundo.
El Dragón no es malo, pobrecillo, qué va a ser malo, lo que pasa es que tiene un problema, y es que todo el que se le encuentra se queda profundamente dormido y no despierta hasta que es muy mayor y entonces ya no puede volver al Bosque, ni creer en las hadas ni en los Reyes Magos.
Y claro, si los Reyes Magos se duermen, y luego al despertar no creen que ellos son ellos, pues tendríamos un problema, y gordote...
Y para esa travesía, en el Bosque, han destinado desde tiempo inmemorial a los Gnomos de la Noche en Vela.
Estos gnomos, no duermen por la noche, como indica su nombre. Y además tienen poder mágico sobre el Sueño; un antiguo habitante del Bosque que es un poco travieso, porque ataca (ataca durmiéndolos, no crean que de otro modo) a los ciudadanos del Bosque y a quienes lo atraviesan cuando le da la realísima gana.

Su poder mágico es que pueden hacer que se asuste y se vaya donde no moleste.
Así que la noche del cinco de enero, los Reyes Magos llegan al Bosque y una fila de Gnomos, ataviados con sombrero naranja, vestidos de terciopelo, y unas varas larguísimas ( y cuando digo larguísimas no exagero) de fresno se ponen al lado de ellos y los acompañan.
Y esta historia verdadera se repite todos los años...
Pero, veréis; este año ha habido un problema, un problema muy divertido. Y es que el Dragón ha pedido a los Reyes un regalo. Y claro, los Reyes han dicho que sí, porque el Dragón no tiene la culpa de lo que le pasa y además a causa de lo que le pasa él nunca ha podido dejar los zapatos enormes de Dragón para recibir su regalo.
Y los Gnomos se han inquietado una barbaridad (y cuando digo una barbaridad no exagero), porque a ver cómo van los Reyes a ver al Dragón, a acercarse al Dragón y a no quedarse dormidos, si encima le tienen que dejar un regalo...

Melchor se rasca la barba, Baltazar se sonríe, y Gaspar daba saltitos, ellos estaban muy contentos de darle un regalo al Dragón.

-Pero, Majestad Baltasar, ¿no comprendéis que eso es una locura?...os dormiréis...¿qué será de los Niños?...
-No nos dormiremos, Gnomo Blanquimontaña... haremos magia.
-Gr, grr, grrr...no se, no se, magia, ¿magia?...
-Magia maravillosa, magia de la buena, magia Real.

El rey Melchor, al decir esto, se ajustó la corona (que con el movimiento de cabeza se le iba inclinando peligrosamente hacia un lado) y se frotó las manos muy divertido.

-Pues no se yo qué magia van a hacer...la única Magia que conocemos es la del Bosque, y los únicos que podemos asustar al Dragón somos nosotros.
Eso lo decía a quien le quería escuchar el Gnomo Miraelmar.
-Vosotros podéis asustarle, sí, pero nosotros podemos parar el tiempo; por eso llegamos a todos los niños del mundo en la misma noche. Y además, al Dragón le vamos a hacer un regalo que no olvidará jamás.

Eso dijo el rey Gaspar.

Entraban en el Bosque...
A lo lejos, se oyeron las zancadas del Dragón.

Gaspar sacó algo de una bolsa.

Melchor empezó a decir palabras rarísimas:

“Rop al aigam y al noisuli : opmeit , etarap “

-Pero, ¿qué ha dicho?...

-Está hablando al revés para parar el tiempo. Ha dicho; por la magia y la ilusión, tiempo, párate”. – Dijo Gaspar-.

De pronto, pareció que se detenía el aire. No se oía el viento, los pájaros dejaron de cantar; solo se veían las estrellas, allá en el cielo, brillantes, azules y blancas; titilando, perfectas, como si la eternidad fuera un campo claro de luz nocturna.

Gaspar fue el único que se movió, llevando en las manos el objeto que había sacado de la bolsa.

-¡Dragón!- Gritó-.

-Pero ¿qué hace?- dijo el gnomo Miraelmar-, ¡ la va a liar!...

El Rey en cuanto oyó al Dragón acercarse corriendo, cerró los ojos y enarboló lo que había sacado de la bolsa.

Era un espejo enorme (y cuando digo enorme, digo enorme).

Efectivamente; llegó el Dragón corriendo, vió su rostro reflejado en el espejo y cayó en un sueño profundo.

- Dragón, el tiempo está parado en honor tuyo- dijo entonces Melchor- mi amigo el Rey Gaspar te ha dormido pero solo un rato, para evitar que te despiertes mayor y para evitar que dejes de creer en la Magia. Y yo, por el poder que me otorgan las Ilusiones y las Quimeras, te voy a hacer un regalo: de ahora en adelante nadie que se cruce contigo se dormirá y tú podrás acompañar a los Magos a través del Bosque y recibir cada año un regalo de ellos.

- Y – añadió Baltasar-, yo te regalo otra cosa; que puedas como nosotros parar el tiempo, para que cuando un niño, la noche de Reyes se despierte antes de lo debido, no nos encuentre...


Y así fue, cómo el Dragón desde entonces acompaña a los Magos y ya nadie le tiene miedo...






miércoles, 9 de diciembre de 2009

Micro del Absurdo.


Se liaba. Se liaba con los nombres y decidió acabar con todos los nombres de una vez. Dió a delete y, repentinamente, la pantalla se quedó en negro.
Lo enterraron al amanecer con un ratón en la mano como prueba de fidelidad.

martes, 8 de diciembre de 2009

La Misa Funeral


Ceferino Sotogrande y Guindalera de las Quintanillas vivió toda su vida en Madrid, salvo año y medio que estuvo en un pueblo destinado, donde pasó más frío que un perro chico porque eran los años cuarenta y entonces en los pueblos de Castilla hacía frío de verdad, no como ahora, que dicen que hace frío cuando quieren vendernos el abrigo en el Corte Inglés aunque estemos a 23 grados y sea 15 de noviembre.
El resto del tiempo ya decimos, en la Capi, como él llamaba a esta cosa monstruosa en que se ha convertido esto. Pero no vamos a hablar de Madrid, sino de Ceferino.
Ceferino se casó con una señorita con posibles, y él, que era farmacéutico, terminó poniendo su propia farmacia en el centro, a media calle de su casa, y siendo una de las personas más queridas del barrio.
Cuando se murió Ceferino, ya jubilado hacía más de veinte años porque se murió realmente a provecta edad, queremos decir a los 94, vino a la iglesia de San Ginés, en la calle del Arenal a llorarle todo el barrio.
Cada uno contaba una cosa; la vez que el chiquillo-que ahora era un señor con barba, abuelo de tres críos- se rompió el brazo y Ceferino le puso él mismo una sujeción hasta que le llevaron al hospital, la noche que Margarita fue con el ojo a la funerala y Ceferino sin médico ni nada le puso un colirio mano de santo y no la quiso cobrar, la mañana que Paulina, Saturio y Ana María llegaron con la madre, del médico, asustados por el diagnóstico y Ceferino les explicó en palabras vulgares que lo que aquel bruto había querido decir con “síndrome inflamatorio agudo del oído medio” no era más que una vulgar otitis que se quitaba con antibióticos, la disposición que tenía siempre de ayudar, la costumbre que cogió de pasar después de cerrar a ver a los enfermos que le parecía a él que necesitaban ánimo...
El cura, que era nuevo pero no era tonto, ante la cantidad de gente que se agolpaba para decirle adiós a Ceferino, decidió hacer la loa del caballero, así se podía ganar a la parroquia, pensó.
Contó todo lo que había ido oyendo, habló de sus virtudes cristianas, de su compasión hacia los humildes, de su compartir la vida del barrio, de lo seguro que estaba él de que se había ganado el cielo y estaría tan contento en gloria de Dios gozando del paraíso, al que sin duda había merecido llegar por sus virtudes y de lo gran siervo del Señor que había sido.
Entonces se oyó una voz en mitad de la iglesia.

-¡De eso nada!

La mujer, mejor dicho, la viuda de Ceferino estaba protestando con todas sus fuerzas.

El cura se atrevió a parar el sermón.

-Pero ¡señora! ¿Qué dice usted?...

-Digo que de eso nada, que si estamos aquí hoy es porque la cristiana soy yo, que mi marido era ateo y bien ateo, y no pisó en su vida la iglesia, ni falta que le hizo por lo que veo para ser buena persona.
Y salió de la iglesia con la cabeza alta, pidiendo interiormente perdón a su difunto por haberle dado el disgusto de una misa funeral.

miércoles, 21 de octubre de 2009

El Secreto de la Abuela

Mujer, si la casa estuviera embrujada, Don Nicasiano Alnafar Bondeán no se hubiera quedado allí con sus cuatro hijos, su mujer, su suegra, su gato Leto, sus dos perros y su ama de llaves, que entonces todavía existían amas de llaves...
Eso me dijo mi abuela, mirándome sonriente, mientras seguía haciendo bolillos, y yo me tomaba el chocolate con galletas, aquella tarde de invierno.
Mi abuela era una mujer alta, delgadísima, con gafas, vestida de negro y con una sonrisa habitual y generosa.
Pero ella estaba convencida de que la casa de don Nicasiano no estaba embrujada. Y era una lástima. Porque a mí me divertía muchísimo pensar que sí lo estaba, e ir a la atardecida a merodear cerca del jardín enrejado, y pensar que los ruidos que salían de allí los hacían los fantasmas. Claro, ahora serían los fantasmas de don Nicasiano y família, que se habían muerto hacía años, los pobres. Porque de los primeros fantasmas, por lo que decía mi abuela, no había quedado ni rastro.
Mira, bonita mía, don Nicasiano era un hombre muy divertido, al ama de
llaves la llamaba “mi distinguida abrochadora de levitas”, y a su mujer “doña
espérate un poco”, porque él era un impaciente para todo, y ella, una calmosa,
que siempre, a cualquier cosa que él proponía le contestaba “espérate un
poco”. Sus hijos, cuatro, como te dije, crecieron en la casa que dices, se
divirtieron muchísimo, porque era enorme, y se les veía en el jardín alborotando
a las horas mas extrañas del mundo. Una noche, sacaron las máscaras, e

hicieron una fiesta de disfraces, que duró hasta las tres de la mañana y fue muchísima gente.
Y entonces fue cuando vieron a los fantasmas...
Dale con los fantasmas...no vieron a nadie, se lo pasaron muy bien, invitaron a mucha gente, y ya está.
A mi me dijo el tio Ángel que vieron a los fantasmas. Que cuando estaban a mitad de la fiesta, oyeron cadenas arrastrarse, que luego vieron tres sombras, de una mujer, de un hombre y de un niño pequeño, que don Nicasiano se quedó pálido, y que su mujer se desmayó. Y que por eso se fueron de la casa a los seis meses.
Mira, nena, se fueron a los seis meses, pero no por eso...porque al año y medio volvieron y se quedaron hasta que se fueron muriendo, los pobres. Bueno, sus hijos no, digo que no se fueron muriendo, el mayor se casó y se fue a Córdoba, la menor se quedó en Madrid, e hizo enfermería, que era una de las cosas que entonces podían hacer las mujeres, y los otros dos entraron en el ejército. Y don Nicasiano y su mujer, vivieron siempre en su casita, tan ricamente.
Y ¿por qué se fueron seis meses?...
La abuela no me contestó. Pero sabía que encontraríamos la respuesta.
De pequeños nos pasábamos el día alrededor de la casa. No podíamos
entrar, pero sí mirar por la verja. Mi hermano Chon repetía con voz de
ultratumba que los espíritus eran seres con cadenas porque se habían portado

mal, mi hermana Angelines decía que no, que estaban allí porque les gustaba su casa. Yo, miraba el jardín y pensaba que si viera a algún espíritu de esos, saldría corriendo, y a la vez, me daba pena que no apareciesen de verdad.
El penúltimo verano que fuímos por allí, las verjas no existían. El jardín estaba abierto. Nos dijeron que iban a hacer obra y que llegarían nuevos inquilinos.
Cinco días antes de irnos, entramos . Yo de la mano de Chon. Angelines
dando saltos, corriendo y alborotando
Había una fuente, sin agua, claro, un pozo y árboles antes de la entrada de la Casa. En ella una puerta rojiza terrosa, podrida y sin pomo. Empujamos y abrimos. Una sala enorme llena de espejos nos reflejó entre polvo y telarañas. Un sofa, roto, al final, un aparador del tiempo de nuestra abuela, y una mesa rectangular completaban el cuadro. Al fondo, pasillos desde los que se veían varias puertas cerradas.
Angelines se puso a bailar por la sala. Chon y yo nos quedamos mirando. Me daba una pena enorme aquello. Parecía como si la casa estuviera esperando a alguien. El aparador guardaba loza, en parte descascarillada, pero encontramos dos tazas de plata y un salero con iniciales : A.C.G.
Chon cogió el salero y me lo dio. “Para ti”, me dijo, sonriendo.
Yo guardé el salero en un bolsillo.
Angelines había desaparecido en una de las habitaciones, desde la que nos llamó con voz extraña.

Al entrar vimos una alcoba, no muy grande, con dos camas. En el cuarto, había un osito de peluche lleno de polvo, un estuche de manicura y una muñeca pepona desnuda.. Un perchero, una jofaina, y un cardador para el pelo.
Angelines cogió el estuche de manicura. Chon se sentó en una de las camas, que crujió peligrosamente. Yo me quedé en la puerta, mirando. Era la habitación de los niños.
Entonces oimos ruido procedente del jardín. Algún vecino nos debía haber pillado y estaba llamando con indignada voz a nuestra abuela.
Salimos corriendo. La abuela en medio del jardín nos miraba sonriente al lado del “quitajuegos”. O sea, el vecino más antipático del barrio. En cuanto nos veía se iba detrás para chivarse de todo lo que hacíamos.
Hala para casita niños.
Abuela en la casa hay...
En la casa no hay nada,niña, muebles viejos y telarañas.

La abuela me guiñó el ojo y me callé.
Cuando llegamos a la nuestra, a nuestra propia casa, la abuela nos sentó a su alrededor.
Bueno, bueno...ya está, lo descubrísteis...pues sí...la casa la abandonaron precipitadamente, y no, no volvieron más. Y por una cosa muy tonta, muy ridícula, muy estúpida. Les acusaron de ser brujos.


¿Eran brujos?...
Claro que no, niña. Eran originales, extraños, divertidos, daban fiestas, eso sí, hacían sesiones espiritistas, en las que no sacaban nada en limpio,claro, pero movían objetos, y cosas así, y en los tiempos que corrían aquello era muy mal visto. La noche de la fiesta de que habla todo el mundo, un vecino les denunció, dijo que estaban haciendo ritos diabólicos: otro vecino amigo se enteró y se lo dijo, salieron con lo puesto y se marcharon. No volvieron más.
Y ¿desde entonces la casa ha estado así?...
Sí. Cerrada y callada, guardada para ellos, como si les esperara...

La abuela suspiró.
Y ¿Tú como sabes todo eso abuela?.

La abuela me miró con una sonrisa triste.
Porque fui yo quien les avisé para que se marcharan, niña.

Nunca dijimos a nadie lo que habíamos visto. Cinco días después volvíamos a la ciudad. Al año siguiente, al volver, había un edifício de tres plantas, que integraba la nueva serie de apartamentos en construcción en el pueblo. Aunque yo conservé hasta hoy el salero de plata que me dio mi hermano Chon.


martes, 20 de octubre de 2009

Las Líneas Azules del Sofa.

Había sido una tarde de bochorno y viento caliente metiéndose por las ventanas semientornadas, de agua bebida cada media hora, de calima y de desidia.

Lentísima.

El dolor de cabeza le llevó al sofá. Antes, encendió el ventilador, y con el zumbido monocorde consiguió adormecerse; ojos semicerrados.

Veía en la penumbra, apenas matizada por el reflejo del sol en las cortinas, reflejo que no conseguía traspasarlas, y que solamente daba como un hálito blanquinoso a los dibujos florales, las rayas azules del sofá.

Incrustada en una ceja, la punta del almohadón dejaba que apoyara su cabeza como un náufrago asido a madero. Se dejaba ir por los recovecos de aquella vigilia entreverada de imágenes que aparecían y se iban en desordenado dibujo; casi mosaico de figuras y pensamientos; sin embargo, lejos de estorbarle, parecían acompañar la sensación de dejarse llevar, de fuga, al menos hasta que aquel dolor estúpido empezara a mitigarse con la semioscuridad, el soniquete del aire y los hilos azules del sofá.

Había sido idea de María; le vino la imagen de ella sonriendo cuando lo trasladaron a la casa. “Un sofá para que te eches la siesta tan ricamente”.

Las líneas fluctuaban en un ir y venir hacia el sueño. Como un oleaje tranquilo; el azul es relajante, oyó siempre decir, para él, el azul siempre sería la luz de la playa: le gustó pensar que siempre que durmiera allí sería como hacerlo en la arena acompañado de las olas.

Las líneas eran, más que eso, manchas de color de mayor o menor densidad que delimitaban- para él- aquella playa nueva que encontraba cada tarde en casa. Las más oscuras eran el océano sin límites; allí donde perderse en el silencio de la tarde solo rodeado por gaviotas, sin que ningún sonido, salvo el eco de las alas, atemperase el tiempo, marcándolo.

Había otras, menos pronunciadas, señalizadoras de costas, acantilados, refugios para solitarios, signos donde aferrarse con las manos, que permitían llegar a buen puerto, permanecer a salvo.

Algunas, simples, leves extractos de color, como si al estampador le hubiera bien parecido salpicar ciertas esquinas, recordaban faros para las noches de niebla. Cuando las miraba se encendían luces, como guías.

Y, más tarde, estaban las otras. Sí. Las últimas líneas azules del sofá. Las que parecían continuarlo, extenderlo más allá de la simple estructura de mueble sencillo y discreto que a la postre era.

Las últimas líneas del sofá prolongaban con el azul el sentido de la medida. Esparcían el horizonte del color, parecían entremezclarse con la pared en la que se apoyaba, descendían ondulando hasta el suelo, se alzaban hacia los altos techos, se escapaban por la ventana, bullían en rumor contenido, hasta que todo: la tarde, el sonido del ventilador el hilo del sol en la semipenumbra, su cuerpo encogido en postura casi fetal, devenía en una línea azul infinita, inabarcable, indefinible, que lo envolvía y se lo iba llevando, llevando, como sin prisa, despacio, insistentemente, hacia el agua, hacia alta mar; espiral ya solo de luz, solo azul-pensó- mientras se adentraba en ella, tranquilo y confiado, más allá del sueño.