Entonces sucede, usted lo sabe, son cosas nimias, sin trascendencia,
no salen en la tele, ni las dice la radio, usted sabe, son esas cosas,
esas pequeñas tonterías; usted ha apagado el pitillo, y el café,
ya frío, posos en la taza, helado como un rostro ajeno, o ceniza,
en la mesa, restos, la pieza de fruta, y la radio suena monótona,
se oyen gritos del de siempre, oh, los contertulios, y la carcajada
del gracioso, el amaneradamente simpatiquísimo que escupe,
y todos ríen, y usted, ya se sabe, son esas cosas que suceden a veces,
las decía aquel poeta, aquel raro, maldito algunos le llamaron,
ese que tenía un apellido tan largo como su soledad y su derrota
[en noches como ésta, cuando a usted, o a él, les venía como un vómito, ]
o una irrefrenable sensación de que nada era como está previsto,
[y no es posible salvo la quemazón infinita de las ausencias, derrelictos, ]
notas a pie de página que nadie leerá, o el simple aletear de un pájaro
[que se muere bajo las estrellas de una ciudad inexcusablemente vacía. ]
[Entonces, sí, entonces sucede, usted ya no mira, entrecierra párpados, ]
la radio ahora escenifica música para la madrugada, qué atenta,
se derrama usted en el sofá, largo, como un río o una orilla,
[mas allá de los alborotos, del recuerdo contrariado de un negador de síes, ]
más allá de los desencuentros entre su corazón y su palabra, lejano
[al gratísimo- oh, mi gratísimo amigo- afilar de cuchillos bajo sonrisas ]
extemporáneas, dúctiles, a tanto la hora, ya no. ya no.
Entonces sucede:
en el reflejo del ventanal que lo refleja,
se mira usted como si fuera otro y no se reconoce.
y se sobresalta.
martes, 19 de enero de 2010
Sobresalto
jueves, 14 de enero de 2010
Canción Inútil de la Desesperanza.
Esta facilidad de escribir desde aquí;
Desde aquí donde no duele, no quema, no mancha,
Desde aquí donde no sangra, no salpica, no acobarda,
No asusta, no hiere, no amedrenta, no mata.
Esta facilidad del poeta de escribirlo aquí
Con las manos limpias, sin el miedo en la cara,
Sin los rostros de la muerte, con el cristal de pantalla
Estómago satisfecho de hacer un poema – oh, el testimonio-
¡qué valor hay que tener para ser tan miserable!...
Y después tomar el ascensor, fumar el pitillo, llegar a casa.
Esta facilidad de apropiarse el dolor ajeno, la miseria,
La pobreza, la muerte, las balas, la falta de libertad,
Todas esas grandes palabras que los sin nombre no leen,
No escuchan, no encuentran, no conocen, no hablan.
Esta augusta condescendencia miserable del descenso
Sin saber que el infierno no es el nuestro,
Nunca lo fue, no lo será, no nos pertenece...
Y lo contamos, solemnes, falsos, trágicos,
Adoloridamente analógicos, para cenar mientras ellos ya han muerto.
Mientras ellos ya han muerto.
En el instante preciso en el que se pone fin al verso,
Mientras suspira el poeta, contento, emocionado,
De haber contribuido a nada en el llanto ajeno.