jueves, 3 de diciembre de 2009

La Casa del Bosque

A veces sueña.

A veces cuando se duerme, en esas noches en que la mano áspera de Papá la tranquiliza y sabe que nunca vendrán los reptiles, porque él ha llamado a los duendes del Bosque, sueña.

Hay lagos tan bellos como un arco iris. Montañas grises y blancas donde resplandece la nieve. Un jardín lleno de árboles, con bancos para sentarse y arriates verdes llenos de flores.

Hay una casa que es igualita a la suya, allá en el bosque. Una casa donde no transcurre el tiempo, ni la vida, ni la enfermedad ni el dolor. Una Casa donde siempre está Papá.
En la puerta. Esperando.

Cuando despierta, aunque tenga miedo del túnel oscuro, aunque tarde un poquito en encenderse la luz, aunque el dolor se instale otra vez en su inocencia de niña, encuentra la mano de Papá y sabe que la ha acompañado a través del Bosque hasta aquí. Y todo está bien.

Ahora, después del tiempo y la vida, a veces sueña.
Y regresa a la Casa del Bosque. Y camina hacia la puerta. Y allí están, Papá y Mamá: esperando.
Cuando despierta sonríe; porque sabe que un día, cuando tenga nieve en los ojos, entrará y habrá lagos tan bellos como un arco iris, montañas grises y blancas, y una casa, allí, en el Bosque.

martes, 1 de diciembre de 2009

Silencio

No siempre es sinónimo de certidumbre la voz más elevada; casi siempre lo es de miedo.

Me marcho de esas voces. Doy la vuelta y elijo. Camino sencillo aun cuando semeja paradoja.

El silencio es en ocasiones una escandalera que oponer a los gritos.

No sirve para el alboroto la respuesta unánime, ni para la estupidez o la bajeza.

Para eso solo sirve marcharse y dejarlos a ellos envueltos en su propia algarabía; Babel de ovejas balando sin sentido.

Del silencio siempre se escuchan respuestas. De los gritos solo se obtienen cristales rotos.